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BIBERÓN SOCIAL (2)
Defendamos nuestros deberes y obligaciones
(Viene de la anterior entrada)
Miremos la pandemia.
Conozco más de cerca la realidad de tres países: Perú, Colombia y España. En los tres escucho críticas negativas de los ciudadanos sobre cómo han manejado la pandemia sus gobiernos. Pero si extrapolo esta mirada a otros muchos países, nos encontramos que muy pocas ciudadanías se sienten contentas con la actuación de sus políticos ante la situación vivida. Hasta donde sé, solo dos países están contentos por la contención de la pandemia y otros pocos por la actuación y medidas adoptadas por sus gobernantes ante la misma. Las dos primeras: China y Corea del Norte. Curiosamente dos estados no democráticos. Entre las segundas: Japón, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Finlandia. Esto nos da algunas claves para reflexionar sobre el tema tratado.
Creo que los gobiernos deben buscar el bien común, pero no confundamos bien común con bienestar, este segundo es mucho más restrictivo, subjetivo y manipulable. El bien común es una búsqueda compartida de todos los ciudadanos cuyos representantes son los portavoces y facilitadores de los anhelos y necesidades del pueblo, no los ejecutores. Esta búsqueda intenta conseguir que las personas vivan con dignidad, con libertad y con los recursos suficientes y las condiciones necesarias para desarrollar sus capacidades (que muchas veces cristalizan en una profesión al servicio de otros) y para desenvolverse en la vida decentemente. El bien común procura la convivencia sana, acorta las desigualdades sociales, incrementa el grado de los que llamamos ‘felicidad’ y posibilita una armoniosa relación con todo lo creado. Y por supuesto, solo es posible con la connivencia de cada uno de los ciudadanos. El bienestar social acaba centrado en el bien personal; el bien común acaba encontrando el bien del otro.
En este contexto ubicamos la búsqueda de la llamada ‘sociedad del bienestar’ donde, bajo la apariencia de buscar el bien de todos, los valores se revierten y no se busca tanto el desarrollo personal sino la satisfacción de los deseos que en muchas ocasiones vienen auspiciados por una bulímica dinámica de consumo. Poder consumir con cierto grado de solvencia (alimentos, ocio, vivienda, medios de transporte, tecnología…) es el fin de este bienestar, encumbrando lo instrumental (lo que suele ser medio) y marginando lo final (lo que fundamenta la vida). Esto provoca desigualdad (porque no todos pueden consumir con el mismo ritmo y cantidad) y las políticas (que ya todas son capitalistas) intentan responder y posibilitar estos procesos. Ciertamente, la sociedad del bienestar solo lo es para algunos, porque no puede ser de otra manera por más sueños y quimeras (porque ya no son utopías) que nos intenten vender ciertos populismos adolescentes.
Desde estos supuestos, ¿qué sociedades han vivido mejor la pandemia? Aquellas sociedades cuyos gobiernos son capaces de regular por la fuerza a sus ciudadanos (regímenes no democráticos) o aquellas donde se da una ciudadanía corresponsable y educada en el bien común, la búsqueda del bien del otro. En estas últimas descubrimos una fuerte presencia y un crecimiento maduro en los deberes y obligaciones de cada ciudadano. Pero curiosamente, en los dos tipos, son las obligaciones las que han ‘salvado’ la situación de la pandemia en sus territorios.
Y para muestra, un botón: las llamadas 2ª y 3ª olas.
La mayoría de gobiernos del mundo han advertido del peligro que suponían las fiestas navideñas (allí donde se celebran). En el hemisferio norte con el frío invierno o en el hemisferio sur con el inicio del verano, se han dado normativas, avisos, disposiciones y hasta súplicas conmovedoras por parte de los gobernantes y hasta presidentes de Estado. El virus se transmite entre las personas, no son los pollos o los cerdos que se sacrifican para bien de todos, sino los seres humanos los que deben pensar en los otros seres humanos. A estos, gracias a Dios, todavía no se los sacrifica por estar contagiados o estar en riesgo (pero sigamos ensanchando la vía de los derechos y llegaremos a ello) y, por tanto, solo valen las apelaciones a la conciencia y la responsabilidad. Sin duda, son muchos, la mayoría, los que han respondido de manera impecable a estas disposiciones, aguantándose no solo las ganas, sino la necesidad humana de poder encontrarse con las personas que uno ama. Pero ante una pandemia no valen las excepciones. Es la responsabilidad de todos cumpliendo las indicaciones o haciéndolas cumplir (y aquí muchos padres tendrán también que revisarse) los que hacemos posible la buena gestión del momento. Pero en los Estados-biberón, si no me dan teta grito, protesto y me enrabieto. Confundimos culpabilidad con responsabilidad y cuando nos hacen referencia a nuestros deberes ciudadanos nos indignamos y empezamos a buscar culpables fuera de casa. Nuestros derechos los conculcan cuando nos confinan y también cuando nos dejan reunirnos; nos manifestamos cuando nos cierran los bares y echamos pestes ante las fiestas y la falta de conciencia de los que se reúnen a tomar cañas… Esta ciudadanía, acostumbrada a reivindicar derechos, no tiene ejercitado el músculo del deber y cuando hace falta, flojea. Solo queda la salida a lo ‘Lope de Vega’ del ‘perro del hortelano’: la mayoría de políticos buscando culpables en el bando contrario en vez de arrimar el hombro para hacer fuerza institucional; un buen grupo de empresarios forzando las decisiones porque no se va a ganar lo presupuestado en vez de buscar formas creativas de salir adelante; algunos trabajadores apelando a sus derechos y hablando mal del gobierno; muchos padres permisivos ante las “necesidades sociales” de sus hijos adolescentes y jóvenes (no vayan a quedar tarados)… y mientras, los sanitarios al límite de sus fuerzas suplicando a moco tendido que la ciudadanía se tome en serio las advertencias. Y por supuesto, los niños y los maestros a clase.
¿Qué se pone de manifiesto? Que esta ciudadanía no está bien educada. Que nuestro sistema educativo estaba tan centrado en responder al estatus económico establecido que olvidó preparar ‘para la vida’, porque recordemos que hoy y siempre, una pandemia, un terremoto, una inundación, un huracán, un accidente de tráfico y un cáncer, también es vida. Y los que hoy deciden son los que fueron educados hace unas décadas con los nuevos sistemas y metodologías educativas… ¿Nadie se pregunta cómo fueron educados aquella generación que ha superado guerras, terrorismo, carestía, pobreza, marginación, subdesarrollo… y han salido adelante sacando adelante a sus Estados? Creo que no fue la ‘hipervaloración’ de los derechos sino una sana y consistente educación en el deber, el esfuerzo, la superación y las obligaciones ciudadanas.
Y con todo, ¡qué admirable testimonio el de tantos niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos! Tenemos de dónde partir, pero hemos de dar una vuelta de tuerca a nuestros sistemas educativos y a las políticas sociales.


