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domingo, 24 de abril de 2022

    LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (7)

"La felicidad de creer"

    Jn. 20, 19-31

      "Al anochecer... con las puertas cerradas por miedo..." Esta es la situación en la que nos vivimos tantas veces y por las que tantas veces somos manipulados. Encerrarnos es la antesala de la falta de libertad, del miedo paralizante, de la postura defensiva y bochornosa de quien se avergüenza. Vivir encerrado y con miedo provoca tres heridas que necesitan tres curas:

1. La herida de la soledad. Da igual estar rodeado de personas en un espacio pequeño, la soledad no es un asunto de cantidad sino de vacío interior. Una persona vacía siempre se siente sola y provoca sobre los que lo rodean una sospecha: no sois suficientes para colmarme. Por eso la soledad, no como encuentro con uno mismo y aceptación de la condición humana, sino como querer llenar desde afuera lo que siento vacío adentro, es la gran herida del sinsentido. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.

2. La herida del conformismo. Vivir adaptándonos al mal que no queremos pero que acabamos asumiendo como irremediable. Es claudicar ante el mal, el pecado, la injusticia, la violencia... Nada se puede hacer, nada va a cambiar, esto es imposible. Es la constatación de mi límite no como posibilidad sino como barrera: como yo no puedo, no es posible. Cuando lo posible no depende de lo que puedo o quiero sino de lo que creo. El conformismo acaba en una parálisis personal, en una esclerosis social y en una fe mundana y rastrera. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.

3. La herida de la indiferencia. Encerrarse sobre uno mismo, aislarse y protegerse de las amenazas externas (que acaba siendo cualquiera), es fruto de no creer en nada. Y no hablo de ateísmo, pues estos creen que no creen y hacen toda una búsqueda interior para sostenerse ahí. La increencia más salvaje y demoledora para el ser humano no es perder la fe en Dios sino olvidar y relegar nuestra dimensión trascendente y espiritual. Es como amputarnos un miembro y vivir constantemente con la sensación del 'miembro fantasma'. Vivo como si tuviera algo que no tengo e intento suplirlo con cualquier cosa. Por eso la indiferencia es tan dañina, porque nos roba una parte de nosotros. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.

¿Por qué la Paz que trae Jesús es sanación de estas tres heridas?

- La primera 'Paz' que desea Jesús va seguida de mostrar sus manos y el costado. En ese momento reconocen que Jesús ha resucitado y brota la alegría. Sentir que Jesús es el Señor de la vida es romper los dictados de la soledad porque esta es una muerte prematura, un anticipo. Pero si Jesús ha resucitado mi soledad solo es pasajera, es el recordatorio de que soy mortal pero con vocación de vida eterna. Esta Paz de Jesús acompaña nuestra soledad a lo largo de nuestra vida.

- La segunda 'Paz' de Jesús trae consigo la misión: 'Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La misión es el antídoto del conformismo, de la instalación en la mediocridad. El envío de Jesús es a dar vida, a perdonar los pecados, a sanar. ¡Hay tanto que sanar en nuestras sociedades, en nuestros contextos, en nuestras propias familias! La misión nos descentra y nos llena de vida. Cada momento donado es un caudal de vida que brota en nosotros y en nuestros ambientes. La misión del Resucitado es darnos la certeza de que 'nada hay imposible para Dios', o lo que es lo mismo, que toda persona, momento o situación esconde el germen de la vida Dios esperando brotar si las condiciones son apropiadas.

- La tercera 'Paz' que trae Jesús invita a Tomás a colocar el dedo y la mano de la increencia en las llagas de la fe. Y ahí todo queda sanado. Sus heridas nos han curado. Por eso la cruz es signo de salvación y vida; por eso la cruz es el signo del cristiano; por eso la cruz no mata sino que redime; por eso son felices los que creen sin haber visto, los que se anticipan en el amor sin la certeza de lo evidente. La resurrección es una evidencia de la fe por eso los que creen, viven felices, bienaventurados.

No hay vida humana que no tenga remedio en el amor de Dios mostrado en la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo. Por oscura que sea la noche; por lo cerrados que estemos a la vida; por intenso que sea el miedo... la Paz que nos regala el Resucitado nos libera de todo hasta el punto de poder expresar desde lo más profundo de nuestra existencia: 'Señor mío y Dios mío'.



Y aquí nos quedamos en esta Octava que he querido compartir con ustedes. Ahora a vivir estos 42 días de Pascua que nos quedan. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Y recuerden que, mañana, más y mejor.

sábado, 23 de abril de 2022

      LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (6)

"Recopilando"

    Mc. 16, 9-15

    El evangelista Marcos es el amigo que todos tenemos que nos dice las verdades a la cara sin anestesia y sin previo aviso. Al final de su evangelio no se entretiene con mucha literatura ni buscando formas políticamente correctas, describe con libertad lo que ve y se centra en lo fundamental. Marcos es asquerosamente sincero.

    Resucitar no es coser y cantar. Si para asumir la propia historia y acoger la muerte se requiere un proceso de asimilación y de integración, también para vivir el acontecimiento de la Resurrección hemos de transitar un itinerario no siempre fácil. Marcos lo ve y lo advierte. En este evangelio que pareciera un directorio o elenco de las apariciones, el evangelista muestra una astucia catequética muy interesante. Marcos sabe que la catequesis que no provoca, no mueve, y la que no mueve, tampoco lleva a la conversión.

    En una secuencia rápida y sin adornos afirma: 'Se apareció a María Magdalena, ella se lo anunció, Y NO LA CREYERON. Se apareció a dos de ellos, fueron a anunciarlo, PERO NO LES CREYERON. Por último se apareció a los Once...' es como si la incredulidad sostuviese la fe posterior. Creer conlleva dudar y la duda es la argamasa de la fe. Es como si la fe creyese alimentada por las dudas.

    Nos cuesta creer por otros, es más, la fe que se sostiene únicamente en el testimonio de otros acaba diluyéndose. Necesitamos tener experiencia personal, poder dar testimonio de que Jesús se me ha aparecido a mí. No creer no es lo mismo que no tener fe, como no tener hambre no significa que no me alimente. La fe es un don y, por tanto, también lo es la fe en la resurrección y requiere ser pedido. 

    Lo más sorprendente de este evangelio es que Jesús sitúa la verdadera fe en la acogida de los que lo han visto resucitado. Necesitamos acercarnos a estas personas. No es creer por otros sino creer por el testimonio que nos dan. Darlo y recibirlo, ahí está el movimiento de la fe. Y no se da lo que no se tiene, y no se tiene lo que no se recibe.

    El Resucitado no nos pide heroísmos, nos pide sembrar la vida en nuestra historia particular y doméstica, anunciar que siempre hay cabida para una buena noticia. Y paradójicamente ,la experiencia de la resurrección no es una experiencia que se recibe sino que se da, o mejor, que se recibe dándola. Si quieres vivir la resurrección anuncia, testimonia y da gestos de resurrección,




Mañana más y mejor.

viernes, 22 de abril de 2022

     LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (5)

"La mesa que recrea y enamora"

    Jn. 21, 1-14

    "Junto al lago de Tiberíades". Allí fue el primer encuentro, el flechazo entre Jesús y aquellos cuatro hermanos. Hoy regresan al mismo lugar tras la aventura fracasada con aquel Mesías de cartón-piedra cuyas cenizas todavía humean. Regresan a lo fácil, a lo conocido, a lo que asegura y afianza en tiempos recios. Regresan decepcionados pero ya no son los mismos. Quieren restablecer su rutina pero un 'no sé qué' ya no los hace fecundos, ya no les llena lo que antes les colmaba. Son hombres heridos por una inquietante nostalgia. Hay experiencias que una vez vividas nos dejan para siempre la herida de la necesidad insatisfecha: ya nada vuelve a ser como era; ya nada suscita la vida intensa de haber estado con Jesús.

    "Me voy a pescar". "Vamos también nosotros contigo". Ahora se le llama a esto 'la zona de confort' (¡qué poco me gusta esa expresión!). Pero más allá de designaciones más o menos felices, lo cierto es que cuando surgen los problemas y la contrariedad ante un proyecto la tendencia es asegurarnos, meternos dentro del caparazón y regresar a la rutina controlada. El riesgo y la aventura se desdibujan ante el apremiante dolor del fracaso vivido. Pero no siempre lo seguro genera vida. Muy al contrario, las rutas conocidas y transitadas siempre llevan a los mismos lugares. Lo que no ha llenado tu vida hasta ahora, no lo llenará en el futuro. Insistir en la complacencia es el mejor modo de anestesiar la vida. El anhelo de paz viene disfrazado de mera satisfacción superficial. Por eso, 'aquella noche no cogieron nada'. 

    Curiosamente, la única manera de vencer esa inercia embrutecedora que somete la vida a una rutina complaciente es pensar en otros, vivir para otros, servir a otros. Cuando uno se siente vacío y sigue buscando en sí mismo, solo encuentra lo que hay: vacío. Es necesario salir de ese narcisismo sibilino para escuchar y considerar las propuestas de otros aunque no sean coherentes con nuestro pensar: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Pues la respuesta a muchas de nuestras preguntas están más cerca de lo que pensamos, a la derecha de nuestra vida. ¡Tantas veces hemos percibido y comprobado lo que realmente nos da vida y nos suscita alegría profunda! Ahí está el Resucitado, solo reconocible desde la experiencia del amor gratuito y la donación de uno mismo. Jesús no da discursos, no pide que le justifiquemos nuestras negaciones o traiciones, no se desquita del abandono sufrido por sus amigos... Jesús invita a almorzar porque solo en la mesa compartida todos nos reconocemos como hermanos. Invitemos a nuestra mesa a nuestros enemigos, a aquellos que nos contradicen, que nos roban la vida. Invitemos a almorzar a cuantos nos critican o nos difaman. Invitemos a almorzar sin buscar nada a cambio y Jesús Resucitado aparecerá en nuestra mesa porque Él es el único alimento que sacia.



Y mañana, más y mejor.

jueves, 21 de abril de 2022

    LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (4)

El ejercicio saludable de contarnos la vida

    Lc. 24, 35-48

    "Contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido..."     Contarnos la vida. ¿Cuánto tiempo hace que no te reúnes en torno a un fuego, una mesa o echado en el campo a narrar cómo estás viviendo? Lo necesario para bien vivir lo hemos convertido en artículo de lujo: la conversación gratuita y sin prisa con un amigo; la cena compartida sin nada especial que celebrar; el juego y las risas en torno a un tablero, unos naipes o unos dados; la lectura silenciosa compartida con mi pareja; el paseo entre semana por un parque de la ciudad que habitamos; dejarte solear en una terracita de un bar compartiendo charla, papas, aceitunas y cervecita... Y poder contar lo que nos ha pasado por el camino de nuestra vida. Porque narrar algo es vivirlo más intensamente, incluso, en muchas ocasiones se disfruta más la narración que el hecho referido ya vivido. Esto les pasa a los de Emaús. Compartiendo lo caminado con Jesús brota en ellos una alegría y un gozo más profundo, más intenso y contagioso.

    Pero los apóstoles (como nosotros) a lo suyo. Encadenados a sus pensamientos negativos, a su congoja y frustración. La palabra compartida del encuentro con el Resucitado no es capaz de limpiar el vaho que emborrona la realidad vivida y constatada por ellos: 'está muerto y eso es lo que hemos visto'. Por eso la palabra debe hacerse carne nuevamente. También la Palabra. Pero es tanta la turbación, la violencia interior de una desilusión grabada a fuego, que la presencia se hace insoslayable, necesaria: "Paz a vosotros". Unas palabras que son sentencia de vida. Que son la reanimación primera exigida para devolver la vida a quien ha dejado de respirar. "Paz a vosotros" se convierte en el 'boca a boca' que insufla vida desde el exterior al cuerpo que ya no puede inhalar por sí mismo. Es el masaje cardíaco que reactiva el pulso y la vida. Y 'aterrorizados', como la misma mirada del reanimado que ha gustado durante instantes el sabor amargo de la muerte, no reconocen personas, despiertan a un escenario de fantasmas.

    Ante la incredulidad propia de una fe desencarnada (creer en el vacío, en ideas, en una moral, en el cumplimiento de unas normas y ritos...) Jesús nos muestra sus llagas, sus cicatrices, porque ellas son el testimonio más evidente de que hemos vivido. En una sociedad que esconde la historia, el pasado, las arrugas, las cicatrices, Jesús las muestra como la condición para creer en Él. Sin historia acogida no hay experiencia de resurrección. Sin pasado integrado y agradecido no hay experiencia de resurrección. Sin las arrugas como evidencia del paso de tiempo y del desgaste de la entrega no hay experiencia de resurrección. Y sin las heridas y las cicatrices mostradas con la dignidad del rehabilitado no hay experiencia de resurrección. Porque nuestra fe es el encuentro con una persona, con un cuerpo amado y deseado, con un acontecimiento que habla de cercanía, de pan compartido, de historia vivida, de narraciones vitales entrelazadas. 

    Contarnos la vida y poder concluir: "Era necesario que se cumpliera todo lo escrito..." La vida de cada uno es la masa en la que se cuece la experiencia de la resurrección. Aquel acontecimiento, aquella persona, aquellos momentos... estaba escrito. Girar la cabeza y contemplar nuestra vida como el terreno donde ha brotado la vida junto a piedras, maleza y tierra endurecida. Poder hacer esa lectura de nuestra vida y contarla a otros es el indicador de que 'se nos abrió el entendimiento para comprender las Escrituras'. Uno comprende las Escrituras cuando comprende su propia vida. Y fruto de esa comprensión brota la experiencia de la práctica evangelizadora más potente y eficaz: "Vosotros seréis mis testigos".


Y mañana, más y mejor.

miércoles, 20 de abril de 2022

   LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (3)

En el camino se rehabilita la historia

    Lc. 24, 13-35

    Sin duda uno de los textos más conocidos y comentados del evangelio. Y todo lo que se conoce bien tiende a pasar desapercibido. Pero este camino que nos propone Lucas en esta semana de Pascua es un verdadero itinerario iniciático, una senda por la que se hace posible la rehabilitación de una historia, de nuestra historia personal.

    Todo se da caminando. Da igual que estés triste, decepcionado, cansado o con dudas, ponte en camino. Uno de los enemigo más peligrosos de la fe es el conformismo que suele generar en nosotros apatía, desilusión e inactividad.     Caminar la tristeza la resitúa, la enriquece de una comprensión más racional y menos visceral por lo que la hago accesible a otros. Una tristeza caminada se diluye, pierde su germen de desencanto y depresión.

  Caminar la decepción desatasca sus conductos obstruidos, de tal manera que fluye más ligera y encuentra nuevos recorridos en los que desembocar. Una decepción caminada puede llegar a convertirse en oportunidad.

 Caminar el cansancio lo fortalece, lo hace más sostenible e impide que nos sintamos limitados. Un cansancio caminado nos hace más resilientes.

  Caminar las dudas las ilumina, las hace generadoras de sentido y posibilita el crecimiento en la fe. Una duda caminada depura y dignifica nuestras creencias.

    Estos dos discípulos somos cada uno de nosotros en la situación concreta en la que nos encontramos. Visualízate en ese trayecto hacia Emaús. Busca un compañero que pueda acoger todo lo que en este momento te pertuba o preocupa. Expresa sin temor hasta la desnudez de la idea y deja que Jesús Resucitado acompañe en silencio. La escucha de Jesús es tan respetuosa que permite toda tu expresión. El silencio de Jesús sonoriza y amplía tus palabras. Hay palabras tan duras, tan feas, tan dolientes e incómodas que dichas en este ámbito inoculan en ellas mismas su antídoto. Estas palabras caminadas en silencio y acogidas por Jesús Resucitado pierden su veneno y su aguijón. A Jesús no le molesta ninguna de tus palabras sean del cariz que sean, le incomoda tu silencio y represión.

    Jesús Resucitado no cambia la historia de nadie, solo la reconcilia. Si te dejas acompañar por Él irá enhebrando los acontecimientos de tu vida de tal manera que verás el tapiz por el dibujo. Casi siempre nos decepciona ver el bordado por el lado de los nudos. Jesús le da la vuelta y nos permite ver la belleza de tu historia, de tu vida. Él solo cambia nuestra mirada porque el camino permite verlo todo desde diferentes perspectivas. Necesitamos caminar con Él. En toda vida hay piezas que no encajan y tendemos a esconder, tirar o forzar para que se integren a la fuerza. Las palabras de Jesús recolocan nuestras piezas.

    Y el fruto es la paz, que hace que brote de nosotros una intensa satisfacción, un ardor dulce del corazón. La presencia y la palabra de Jesús Resucitado nos descentra y nos re-centra. Nace un noble y genuino deseo: "¡Quédate con nosotros!". Un nosotros que habla de fraternidad, de universalidad, del deseo de bien para otros. ¡Hay tanto feo cuando quedamos a solas con nuestras palabras! Jesús Resucitado nos ofrece los conectores para nuestras palabras e ideas. El relato que surge es mucho más ágil, diáfano, verdadero y vital.

    Y cuando uno es acogido como es, reconoce al otro en lo que es también. Jesús Resucitado nos acoge y nosotros lo reconocemos vivo y resucitado, eucarístico.


    Por eso, mañana más y mejor.

martes, 19 de abril de 2022

  LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (2)

Un corazón a jirones, reconstruido

    Jn. 20, 11-18

    Tocar fondo es hacer pie. Como canta Serrat: "Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante solo cabe ir mejorando." Y en el evangelio de hoy nos encontramos con una mujer que tocó fondo. Otra mujer. ¿Cómo nos cuesta tanto en la Iglesia reconocer, valorar y dignificar a la mujer en nuestras estructuras (en todas)? Jesús Resucitado cuenta con las mujeres para desencadenar la revolución personal y social que supone la experiencia de la Resurrección. Y se me ocurre pensar que mientras en nuestras sociedades no devolvamos a las mujeres ese reconocimiento y dignidad no serán sociedades con capacidad de transformarse para la vida. (Y no estoy utilizando un discurso feminista, solamente humanista).

    Una mujer, la Magdalena, tradicionalmente emparejada con la pecadora, quizá la 'flagrante' adúltera. Una mujer sin rumbo, sin suelo, sin compañía, deshabitada de todo respeto humano, moralmente periférica. Una mujer con un deseo profundo de vivir ahogado por la animalidad varonil, por la mirada afilada y lapidaria de las otras mujeres. Una mujer con un corazón de trapo hecho jirones. Pero para ella la resurrección ya se ha dado. Quizá por eso es a la primera que se le aparece Jesús, porque ya vivía resucitada desde aquel día que se sintió acogida, deseada y amada como ser humano. Aquel día que experimentó cómo Jesús zurcía su corazón maltrecho con la seda de la misericordia y el perdón. Si resucitar es volver a la vida, María ya se había estrenado. Pero confunde su amor con el amor. Y busca confundida a quien ya no se encuentra. Se aferra a un muerto que ya no existe. Llora, se lamenta, indaga. Proyecta el dolor de la ausencia y no reconoce la nueva presencia. Ve lo que proyecta, por eso no ve la realidad: 'no sabía que era Jesús'. La vida no regresa hasta que no se suelta al difunto. Ella busca un muerto y solo ve vivos. Hasta que Él pronuncia su nombre. Como la adolescente que escucha por primera vez decir su nombre en labios del hombre amado. Se sobrecoge, y en ese instante, desaprehende al difunto y surge el viviente, el amante. Y como la joven del Cantar, una vez hallado el amor de su vida, no lo deja jamás. Pero el amor no tiene asideros, se escurre entre los dedos del deseo y la posesión. El amor no se tiene no se posee, se vive, se contempla, se gusta, se acompaña... La única manera de hacerlo perdurable es compartirlo, comunicarlo, narrarlo: "Anda, ve a mis hermanos y diles..."

    Hoy, para nosotros, María Magdalena es el icono de la esperanza. La prueba tangible de la capacidad sanadora de la misericordia. El esbozo de un cuadro hermoso
donde todos tenemos un lugar. La Magdalena acompaña los llantos silenciados de tantas niñas abusadas; la rabia contenida e impotente de tantas esposas maltratadas; la desazón y la pesadumbre de tantas mujeres discriminadas en el mundo laboral; el deseo profundo de las mujeres que tan solo piden ser tratadas con ternura y cariño; la resiliencia de tantas madres que mantienen hijos, padres y hogares... Hoy María llora nuestros difuntos pero nos anima a escuchar nuestros nombres en labios del Resucitado y, abandonando lo que queda atrás, lanzarnos a lo que está por venir. Ella sabe lo que es tener una historia que lastra, pero también sabe que en Jesús, no hay herida sin cura ni culpa sin perdón. Por eso nos dice a cada uno: "He visto al Señor y ha dicho esto".


 Y cómo no, mañana más y mejor.

lunes, 18 de abril de 2022

 LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (1)

Entre el miedo y la alegría

    ¡Cómo nos cuesta la fiesta! El día que olvidamos vitalmente nuestra adolescencia nos hacemos mayores. Y el tiempo de Pascua es para aprender de los adolescentes: devolvernos el tono festivo, las ganas imperecederas de 'marcha', de encuentro, de goce y disfrute gratuitos sin motivo alguno. ¡Y tenemos 50 días!

    Esta semana que llamamos la Octava de Pascua o Semana 'in albis', me gustaría compartir con todos estas reflexiones que nos ayuden a vivir pascualmente nuestra vida cotidiana valiéndome de los evangelios de la eucaristía del día. Con demasiada frecuencia organizamos retiros, charlas, celebraciones, encuentros, oraciones... para prepararnos en la Cuaresma y cuando llega el momento de VIVIRLO, nos conformamos con un tenue y discreto ¡Feliz Pascua de Resurrección! en la Vigilia o en el mismo Domingo, y después, a lo de siempre.

    Comenzamos pues estos 8 días que son realmente UNO.

    Mt. 28, 8-15. En este evangelio del lunes aparecen como protagonistas las mujeres. Y no es casualidad. Jesús ha conformado un grupo donde las mujeres pervierten el orden social establecido y no solo les da acceso al grupo de los discípulos sino que tienen la potestad de administrar a los Doce. En la Pasión, salvo las palabras a Juan en la cruz, no se dirige a ningún apóstol, pero sí a las mujeres para consolarlas. Jesús reconoce en estas mujeres la presencia más auténtica del discipulado del Reino. Por eso serán las primeras testigos de la Resurrección. El amor ciega a la persona enamorada para los demás iluminando en ella el rostro del amado. Eso les pasa a las mujeres de este evangelio. Corren desesperadas porque sus pechos están llenos de una certeza que les provoca miedo y alegría: los dos componentes del primer amor, del más intenso. ¿Recuerdas la primera vez que te enamoraste y te declaraste? Miedo y alegría.

    Y Jesús acontece confirmando su alegría y animándolas a no temer. Se acercaron, le abrazaron, se postraron... La cercanía necesaria del enamorado ("que la dolencia de amor que no se cura sino con la presencia y la figura"); la necesidad del contacto, de percibir la piel, el olor, de sentir el cuerpo deseado; y el reconocimiento de un amor que desborda lo humano y que requiere ser contemplado, adorado... Mujeres enamoradas viviendo los tiernos matices del amor humano. Jesús percibe que ya son evangelio. Solo necesitan mostrarse a los hermanos para que reconozcan en ellas la huella del Enamorado. ¡Que vayan a Galilea! ¡Allí me verán! Y se pusieron en camino porque el amor nunca es una posesión es un regalo. Dar y compartir lo que habían recibido.

    ¿Y esto para nosotros hoy? Te comparto tres claves sencillitas:

    1. Miedo y alegría. El primero brota de la percepción de un peligro, o lo que es lo mismo, de la imposibilidad que percibo en mí de poder vivir una realidad. La que sea. El miedo es tan humano que nos hace divinos, porque nos permite salir de nosotros mismos y nuestras percepciones para abandonarnos en las manos de otro, del Otro. En la Pascua, nuestros miedos se tornan confianza. Un fruto pascual no es que desaparecen los problemas sino que los puedo vivir de una manera más sostenida, acompañada y confiada. Y los mismo pasa con la alegría. Forma parte de la esencia presencial de Dios en nuestras vidas. Es el 'ganglio centinela' de la fe: si aparece la alegría, Dios está vivo y operante en mi vida.

    2. Las prisas. En un mundo donde todo va acelerado en las calles (peatones, carros, motos, ciclistas...), nos movemos velozmente por las redes sociales, donde todo se ha de hacer rápido y al instante, no podemos adormilarnos en nuestra fe. Compartir cómo vivimos la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida se hace urgente. Hay muchas personas que están esperando este testimonio, esas palabras de vida vivida, ese anuncio que quiebre la losa dura y pesada del hastío, el sinsentido y el cansancio vital. La Pascua nos acelera evangélicamente.

    3. Cercanía, contacto y adoración. No nos vale el aviso lejano de una presencia. Tampoco el de la Resurreción. Necesitamos el contacto directo con la Vida. Vivamos estos días con un deseo insaciable de Jesús. Demos rienda suelta a nuestra capacidad de desear, de soñar, de vivirnos con la ilusión de un encuentro con Cristo vivo y resucitado en cualquier persona, palabra o situación. Abrazar es la capacidad de romper mis barreras, de hacerme vulnerable y dejar que otro invada mi intimidad, mi espacio personal. Démonos algún tiempito para contemplar en silencio nuestra historia, para sobrecogernos en el recuerdo de un acontecimiento que me hace hincarme de rodillas por haber visto y sentido a Dios mismo a mi lado. Contemplemos a la persona en la que Dios ha hecho un verdadero milagro y descubramos la fuerza de la Resurrección generando vida nueva.

Mientras tanto, con toda seguridad, otros inventarán historias para desautorizar nuestra fe, ridiculizar nuestra experiencia y mofarse de nuestras palabras y testimonio. Así fue hace dos mil años, y así será hoy. Pero, vaya yo caliente, ríase la gente.


Mañana, más y mejor.