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sábado, 3 de abril de 2021

 

PERDERTE

(En este sábado santo a Pilar,  a Ana, a la madre de Angelito y tantas madres que han perdido un hijo en este tiempo)

Se necesitan segundos para llegar a percibir el sentimiento. Como un impulso eléctrico que transita veloz por la red pero que si se interrumpe la transmisión se corta de raíz, en una interrupción definitiva, así el sentimiento de una madre ante esta noticia. Cualquier otra noticia la sentimos de inmediato y todo nuestro cuerpo reacciona como ha aprendido a lo largo de nuestra existencia. Cuando te dicen que tu hijo ha muerto, el cuerpo permanece inerte un pequeño lapso de tiempo, el necesario para apercibirte que lo que ha muerto es parte de ti, y por eso no se puede sentir durante unos segundos. Lo muerto no siente por eso una madre lo primero que siente ante la noticia del fallecimiento de un hijo es nada. La nada más real, cruda e indefensa de la vida. Nada. Como el seno vaciado tras una interrupción del embarazo. Nada. La maternidad no está preparada para la muerte del hijo engendrado, dado a luz, criado y educado. Es una violenta y atroz involución del tiempo, de lo natural. Lo primero es la nada.
Tras ese instante lacerante donde no duele el dolor sino el vacío, comienza una cadena de sentimientos vagos, confusos y apelotonados que bloquean la capacidad de sentir por la acumulación de los mismos. Sinsentido, incredulidad, una perplejidad ennegrecida con rabia, estupor y dudas. Desfallecen las fuerzas de raíz, se difumina todo el escenario de la vida, ya no hay rostros conocidos, ni contrastes, todo se vuelve una miscelánea grisácea, te dejas llevar porque no hay rumbo ni orientación, las voces de alrededor son ecos sin palabra, la vista queda acuosa por las lágrimas y por el desamparo total. Todo es líquido, nada se mantiene en pie, firme. El tiempo languidece y pasa lento y rápido, da igual cómo pasa. No hay nada que hacer, ninguna obligación más allá de asumir algo inasumible. La muerte de un hijo no es compaginable con nada ni con nadie.
PERO, (esta es la gran aportación de la Resurrección, el ‘pero’), Cristo ha asumido la muerte para dar sentido, mantener en pie y dar solidez a nuestras pérdidas. La Resurrección de Jesús es la esperanza de una vida fraccionada que se unifica en la fe. La Resurrección nos hace ver el pasado con agradecimiento, recordar al hijo perdido como un tiempo ganado, compartido, disfrutado. Reconocer que la ausencia me hace más presente al otro y a mí misma; no está, pero está continuamente; no lo puedo abrazar, pero el deseo está intacto, ¡no! acrecentado. Comienzo a descubrir en mí la esencia de ser madre: eres mi hijo amado, ¡siempre!, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, estando presente o ausente. La maternidad marca para siempre y necesito redescubrirme como madre. Sigo siendo la mamá del hijo ausente y del que sigue a mi lado (por eso Jesús en la cruz le dio a Juan como hijo). La tristeza del hijo perdido es el recuerdo constante de una maternidad que va más allá de la presencia. El dolor no desaparece, pero lo acojo como parte de mi amor materno. El hijo perdido no regresa, pero vive en mi corazón de madre. La vida no es igual, pero sigue adelante, no se estanca ni se reduce al día de su pérdida. La lágrima da paso a los recuerdos, y estos son cachitos de presencia cierta y agradecida del ausente. La rabia se diluye en el empeño de seguir adelante, de mantener el pulso del corazón de esta familia infartada. El desánimo y la desgana se vencen con el deber de amarnos y cuidarnos los que quedamos.


A todas las madres que en este tiempo han perdido a su hijo, que la Resurrección de Cristo colme vuestro sufrimiento del bálsamo de la esperanza, el aliento del amor de Dios en vuestras vidas y la compañía cercana y amable de una Madre que sabe por experiencia lo que solo saben también ustedes: perder a un hijo.
Mi deseo de Pascua y de Pentecostés en cada una de vuestras vidas y vuestras familias.

jueves, 25 de marzo de 2021

404 not found




Lo de Calasanz no fue un error, y 404 años después podemos decir que aquella locura que logró contagiar a 14 hombres más sigue creciendo como los cauces de los ríos en primavera.
¿Quién no se ha encontrado en algún momento de su vida cibernética con un pantallazo con el 404? “No encontrado” en el idioma de Shakespeare, como icono de una búsqueda infructuosa, de un ‘error’ frustrante que no responde a las acometidas digitales que presionan reiteradamente sobre el icono de refrescar la página buscada: ‘404 not found’, dicta sentencia, de nuevo, la pantallita. Y frustrados, quizá con algún reclamo al pariente o al amigo informático de urgencias, se nos devuelve el veredicto: ‘da error’. Solo en algunos casos, se abre una puerta a la esperanza con un lacónico “vuelva a intentarlo más tarde” para lo mismo, decir a continuación. Y lo dejamos. Abandonamos. ‘No hay nada que hacer’.
Calasanz continuó pulsando, incansable e infatigablemente, gritando con su vida y sus Escuelas Pías, todavía no reconocidas, que los niños estaban en las calles, esos niños ‘not found’ para el mundo, esos ‘errores’ considerados por tantos, antaño y ahora, descubriendo en ellos la página de vida que, no pudiendo abrirse, se intuía en sus miradas y latidos. Calasanz continuó su búsqueda y su locura, creyendo que la educación popular salvaría al mundo, que el acceso a la verdad y a Dios sería el arma no violenta con más futuro. Mientras muchos lo consideraron desatinado y otros tantos, inoportuno, 14 compañeros se dejaron contagiar por su mirada profética y su locura evangélica. Y un 25 de marzo de 1617 decidieron junto al viejo José de la Buena escuela, sumar demencia para alcanzar cordura. Primero el mentor, y tras él, uno tras otro, fueron vistiendo la primera sotana escolapia y emitiendo los votos que los consagraban a Dios en vida al servicio de la educación de los niños pobres. 
Hoy 404 años después, sigue habiendo personas, varones y mujeres, religiosos y laicos, europeos y asiáticos, africanos y americanos que se revisten de este carisma para poder atender a miles de niños y jóvenes que a los ojos del mundo siguen ‘not found’, pero que en el seno de esta familia siempre son bienvenidos, acogidos y cuidados. Y mientras existan, seguiremos pulsando incansablemente el botón de refrescar la página de la injusticia, la violencia y la discriminación en la vida de estos niños y jóvenes.
Remedando a otro loco, manchego de nacimiento, y recordando a los escolapios de las fundaciones antiguas y de las nuevas: 
“Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo estuve loco, y ya estoy cuerdo: fui José de la Buena escuela y soy ahora, como he dicho, José de Calasanz, escolapio.”
Y valga el mismo epitafio para nuestro fundador centenario con dos glosas permitidas:
“Yace aquí el Maestro fuerte
Que a tanto llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
de la Iglesia y el mundo, 
en tal coyuntura
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.”







sábado, 16 de enero de 2021

Foto de Nick Bondarev en Pexels

BIBERÓN SOCIAL (2)

Defendamos nuestros deberes y obligaciones

(Viene de la anterior entrada) 

Miremos la pandemia.

    Conozco más de cerca la realidad de tres países: Perú, Colombia y España. En los tres escucho críticas negativas de los ciudadanos sobre cómo han manejado la pandemia sus gobiernos. Pero si extrapolo esta mirada a otros muchos países, nos encontramos que muy pocas ciudadanías se sienten contentas con la actuación de sus políticos ante la situación vivida. Hasta donde sé, solo dos países están contentos por la contención de la pandemia y otros pocos por la actuación y medidas adoptadas por sus gobernantes ante la misma. Las dos primeras: China y Corea del Norte. Curiosamente dos estados no democráticos. Entre las segundas: Japón, Nueva Zelanda, Corea del Sur y Finlandia. Esto nos da algunas claves para reflexionar sobre el tema tratado.

    Creo que los gobiernos deben buscar el bien común, pero no confundamos bien común con bienestar, este segundo es mucho más restrictivo, subjetivo y manipulable. El bien común es una búsqueda compartida de todos los ciudadanos cuyos representantes son los portavoces y facilitadores de los anhelos y necesidades del pueblo, no los ejecutores. Esta búsqueda intenta conseguir que las personas vivan con dignidad, con libertad y con los recursos suficientes y las condiciones necesarias para desarrollar sus capacidades (que muchas veces cristalizan en una profesión al servicio de otros) y para desenvolverse en la vida decentemente. El bien común procura la convivencia sana, acorta las desigualdades sociales, incrementa el grado de los que llamamos ‘felicidad’ y posibilita una armoniosa relación con todo lo creado. Y por supuesto, solo es posible con la connivencia de cada uno de los ciudadanos. El bienestar social acaba centrado en el bien personal; el bien común acaba encontrando el bien del otro.

    En este contexto ubicamos la búsqueda de la llamada ‘sociedad del bienestar’ donde, bajo la apariencia de buscar el bien de todos, los valores se revierten y no se busca tanto el desarrollo personal sino la satisfacción de los deseos que en muchas ocasiones vienen auspiciados por una bulímica dinámica de consumo. Poder consumir con cierto grado de solvencia (alimentos, ocio, vivienda, medios de transporte, tecnología…) es el fin de este bienestar, encumbrando lo instrumental (lo que suele ser medio) y marginando lo final (lo que fundamenta la vida). Esto provoca desigualdad (porque no todos pueden consumir con el mismo ritmo y cantidad) y las políticas (que ya todas son capitalistas) intentan responder y posibilitar estos procesos. Ciertamente, la sociedad del bienestar solo lo es para algunos, porque no puede ser de otra manera por más sueños y quimeras (porque ya no son utopías) que nos intenten vender ciertos populismos adolescentes.

    Desde estos supuestos, ¿qué sociedades han vivido mejor la pandemia? Aquellas sociedades cuyos gobiernos son capaces de regular por la fuerza a sus ciudadanos (regímenes no democráticos) o aquellas donde se da una ciudadanía corresponsable y educada en el bien común, la búsqueda del bien del otro. En estas últimas descubrimos una fuerte presencia y un crecimiento maduro en los deberes y obligaciones de cada ciudadano. Pero curiosamente, en los dos tipos, son las obligaciones las que han ‘salvado’ la situación de la pandemia en sus territorios.

Y para muestra, un botón: las llamadas 2ª y 3ª olas.

    La mayoría de gobiernos del mundo han advertido del peligro que suponían las fiestas navideñas (allí donde se celebran). En el hemisferio norte con el frío invierno o en el hemisferio sur con el inicio del verano, se han dado normativas, avisos, disposiciones y hasta súplicas conmovedoras por parte de los gobernantes y hasta presidentes de Estado. El virus se transmite entre las personas, no son los pollos o los cerdos que se sacrifican para bien de todos, sino los seres humanos los que deben pensar en los otros seres humanos. A estos, gracias a Dios, todavía no se los sacrifica por estar contagiados o estar en riesgo (pero sigamos ensanchando la vía de los derechos y llegaremos a ello) y, por tanto, solo valen las apelaciones a la conciencia y la responsabilidad. Sin duda, son muchos, la mayoría, los que han respondido de manera impecable a estas disposiciones, aguantándose no solo las ganas, sino la necesidad humana de poder encontrarse con las personas que uno ama. Pero ante una pandemia no valen las excepciones. Es la responsabilidad de todos cumpliendo las indicaciones o haciéndolas cumplir (y aquí muchos padres tendrán también que revisarse) los que hacemos posible la buena gestión del momento. Pero en los Estados-biberón, si no me dan teta grito, protesto y me enrabieto. Confundimos culpabilidad con responsabilidad y cuando nos hacen referencia a nuestros deberes ciudadanos nos indignamos y empezamos a buscar culpables fuera de casa. Nuestros derechos los conculcan cuando nos confinan y también cuando nos dejan reunirnos; nos manifestamos cuando nos cierran los bares y echamos pestes ante las fiestas y la falta de conciencia de los que se reúnen a tomar cañas… Esta ciudadanía, acostumbrada a reivindicar derechos, no tiene ejercitado el músculo del deber y cuando hace falta, flojea. Solo queda la salida a lo ‘Lope de Vega’ del ‘perro del hortelano’: la mayoría de políticos buscando culpables en el bando contrario en vez de arrimar el hombro para hacer fuerza institucional; un buen grupo de empresarios forzando las decisiones porque no se va a ganar lo presupuestado en vez de buscar formas creativas de salir adelante; algunos trabajadores apelando a sus derechos y hablando mal del gobierno; muchos padres permisivos ante las “necesidades sociales” de sus hijos adolescentes y jóvenes (no vayan a quedar tarados)… y mientras, los sanitarios al límite de sus fuerzas suplicando a moco tendido que la ciudadanía se tome en serio las advertencias. Y por supuesto, los niños y los maestros a clase. 

    ¿Qué se pone de manifiesto? Que esta ciudadanía no está bien educada. Que nuestro sistema educativo estaba tan centrado en responder al estatus económico establecido que olvidó preparar ‘para la vida’, porque recordemos que hoy y siempre, una pandemia, un terremoto, una inundación, un huracán, un accidente de tráfico y un cáncer, también es vida. Y los que hoy deciden son los que fueron educados hace unas décadas con los nuevos sistemas y metodologías educativas… ¿Nadie se pregunta cómo fueron educados aquella generación que ha superado guerras, terrorismo, carestía, pobreza, marginación, subdesarrollo… y han salido adelante sacando adelante a sus Estados? Creo que no fue la ‘hipervaloración’ de los derechos sino una sana y consistente educación en el deber, el esfuerzo, la superación y las obligaciones ciudadanas.

    Y con todo, ¡qué admirable testimonio el de tantos niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos! Tenemos de dónde partir, pero hemos de dar una vuelta de tuerca a nuestros sistemas educativos y a las políticas sociales.




martes, 12 de enero de 2021

BIBERÓN SOCIAL (1) 

    

    Vivir en un país considerado como ‘tercer mundo’ te descubre la falacia de los indicadores que se manejan para determinar estas clasificaciones. Imagino que tiene que ver con aspectos económicos y de lo que entienden como ‘desarrollo’ (esto es, el desarrollo de aquellas realidades que se creen se debe desarrollar). Pero estas categorizaciones son, a mi parecer, anacrónicas, insuficientes y claramente tendenciosas. Entre otros ejemplos, voy a poner el que amplío a continuación. 

    Estoy seguro que hoy casi nadie niega (aunque no todos lo vivan así) que la sobreprotección de los hijos genera personas frágiles, inseguras, emocionalmente inestables con mucha dificultad para afrontar y asimilar la frustración y el fracaso y con una negación innata a valorar las cosas y a las mismas personas. En el fondo, sobreproteger a los hijos es la mejor manera de maleducarlos. Queriendo y buscando el bien de los hijos se les hace un daño muchas veces irreparable.

    Pues esta situación, la podemos aplicar a los grupos humanos y a lo que se ha venido llamando ‘la sociedad del bienestar’, donde los estados aseguran y velan por complacer a la ciudadanía en sus necesidades (básicas o no) y donde el ciudadano deja de serlo para convertirse en un cliente de pago: quien paga, manda. No nos preocupa tanto la trazabilidad de lo recibido, cuanto recibirlo. Esto hace que sea el gobierno de turno el que acaba considerando y ‘decretando’ lo que nos hace falta, cómo nos hace falta y en qué momento. El ciudadano solo debe entreabrir los labios y dejar que la tetina (mamina o pezón) del biberón gubernamental sacie con las sucesivas succiones nuestras necesidades. Y si tenemos hambre, lloramos, berreamos y exigimos, como solo saben hacer los bebés, nuestra dosis láctea hasta saciarnos. Es así que cada vez más los únicos reclamos sociales que se ven por las redes sociales y que tibiamente, y cada vez menos, se muestran en las calles y plazas, hacen alusión a lo que el Estado tiene derecho en darnos y no recibimos: asistencia sanitaria de cualquier tipo y en cualquier momento (sea un picazón reiterado en el lugar de la espalda donde no puedo rascarme o una fiebre de décimas); la limpieza total de cuantos espacios habito (calles, colegios, instituciones, mercados, club de alterne o campos deportivos…); la seguridad de mi espacio vital, casa, edifico, urbanización, o de los lugares por los que transito; la ‘limpieza’ incómoda para mi existencia, de la presencia de transeúntes, pedigüeños, inmigrantes, borrachos pobres (porque los ricos no vomitan garrofón y molestan menos)…; el cambio de sexo, de madre, de vecino, de maestro exigente o del recogedor de basura que siempre deja caer la tapa del contenedor a las 2:38 am mientras duermo. Yo soy un cliente que paga y debo exigir mis derechos sociales. Todos. 

    En este país ‘en vías de desarrollo’ en el que vivo, realmente somos muy primitivos y rudos socialmente. Debemos estar muy atrasados, pero cuando uno necesita realmente asistencia sanitaria, madruga a las 4 de mañana para coger número, porque la situación lo amerita. La limpieza en los colegios públicos de las aulas la hacen los mismos estudiantes y semanalmente cada familia por turno. La seguridad del barrio reúne a los vecinos para comprar un sistema de cámaras y establecer las brigadas de seguridad y vigilancia. Cuando no hay qué comer porque no hay trabajo, se organizan para tener ‘ollas comunitarias’, de manera que mientras unos se buscan la vida, otros aseguran la comida del día. Los espacios compartidos son cuidados y trabajados en lo que se llama ‘faenas comunitarias’, tales como arreglar las zonas verdes, pintar las paredes, allanar un risco o plantar árboles. Y cuando tienen un capricho como montarse una fiesta, ponerse tetas o celebrar el día que su madre les parió, se lo paga cada uno. Yo diría que se trata de una ciudadanía proactiva, responsable, solidaria. Mientras en el ‘primer mundo’, se piden y exigen ayudas estatales para que me quiten la nieve acumulada a la puerta de mi casa, pinten el bordillo de mi acera para no tropezar y se hacen colas para recibir el sustento al que tengo derecho por existir (y que esté bien cocinado y caliente y con el libro de reclamaciones a mano por si han salido duros los garbanzos), los otros, ‘los tercermundistas`, se movilizan y lo hacen. Y esto, tarde o temprano, generará dos tipos de mundos, los resilientes y sólidos ante las amenazas sociales y los sobreprotegidos endebles e inseguros. Y tenemos ejemplos. 

    Hace unos meses, viendo a tantos venezolanos (la mayoría titulados) inactivos por Perú, me confesaban otros venezolanos que son un pueblo que no está acostumbrado a trabajar, a luchar por sus derechos y necesidades (en mi dialecto ‘sacarse las castañas del fuego’) sino a recibir, acostumbrados a que el Estado-matrona nos lo dé todo, enchufe la tetina y nos deje succionar hasta el hastío. Esto ha extirpado de muchos venezolanos la creatividad, el esfuerzo, y los ha ido debilitando tanto, que muchos siguen prefiriendo chupar la teta exhausta de su país a enfrentarse a la situación que viven. 

    Viviéndome en España y en Perú, siento que el problema de muchas sociedades no es la defensa de sus derechos (cuya conculcación siempre espolea el ánimo y suscita la resistencia y la lucha), sino defender nuestras obligaciones. Como infantes malcriados (engreídos) y sobreprotegidos, nos han ido despojando de lo que nos hace verdaderamente humanos que es nuestra capacidad de hacer, crear y de activar nuestra responsabilidad. Un hombre sin derechos tiene un motivo para seguir adelante, encuentra sentido a su falta de libertad y lo espolea para conseguirla, pero un hombre sin obligaciones es un ser inerte, un vegetal… El día que un Estado nos robe nuestras obligaciones personales, familiares y ciudadanas (enmascarado de un paternalismo subyugante en pro del bienestar social), nos habrá quitado la fuente de nuestra libertad, el nervio para vivir y nos habrá convertido en meros títeres y marionetas a merced de otras manos que mueven nuestros hilos vitales a su conveniencia. Sin dejar de luchar y reivindicar los derechos de todo ciudadano (alimentación, vivienda, sanidad, educación, trabajo…), nuestra batalla más seria nos la jugamos en la defensa de nuestras obligaciones, y de esto, algo nos puede enseñar ‘el tercer mundo’. 

    Analicemos si no, la pandemia actual (Continuará)

sábado, 9 de enero de 2021


PALABRAS SABIAS, PALABRAS NECIAS


    El mismo día que abandono la quinta década para adentrarme en su escala hacia la adultez madura, inicio este blog. Un 10 de enero, del año 2021, y celebrando mis 51 años de vida, aunque realmente, vividos de una manera consciente, debería hablar de 46 o 47, y si quito de ellos los días dormidos, el tiempo perdido, y las horas de charlas insustanciales y de fútbol, podría estar celebrando una espléndida juventud, edad idónea para expresar sin decoro la necedad. Valga de justificación del título.
    
    Aunque realmente, el nombre del blog me lo regaló una de las sustanciosas sentencias del libro de los Proverbios en la biblia. Estos escritos sapienciales que recoge la biblia haría mucho bien introducirlos entre las lecturas obligadas en cualquiera de los currículums educativos de cualquier país. La sabiduría de nuestros antepasados debería ser como los niveles o pantallas que se van superando en un videojuego, sin conocerla y adquirirla primero no tendríamos que poder pasar al siguiente nivel de vida. Pero tenemos la cochina manía de recomenzar de cero, en un alarde de estupidez y necedad inaudito, creyendo que somos el centro de la historia, que nuestra generación es la fiel guardiana de las respuestas correctas a los problemas actuales, como si el mundo hubiese amanecido esta mañana por primera vez. El libro de Job, otro libro sapiencial, lo expresa mucho mejor que yo, cuando uno de los amigos del desdichado siervo fiel, religioso y honrado, le anima a buscar las respuestas preguntando a las generaciones pasadas, y le sentencia a su amigo malherido y desesperado: “Nosotros somos de ayer, no sabemos nada; nuestros días son una sombra sobre el suelo.” (Job 8,9)

    Este blog es una claudicación. Durante mucho tiempo, amigos y lectores de facebook me han estado invitando reiteradamente a que creara un blog donde publicar mis escritos. Mi resistencia a la creación de nuevos espacios virtuales y a cierto temor a lo que no controlo, me ha hecho demorarlo hasta ahora. No sé si realmente servirá más y mejor de lo que ya estoy haciendo en facebook, pero en un acto de humildad (y quizá necedad), me dejo llevar y presento hoy este espacio donde mi mirada inquieta, indiscreta e irónica intentará dibujar imágenes de actualidad y vida cotidiana.

    ¿Por qué ‘miradas de un necio con barba’?
    En primer lugar 'miradas', porque la mirada es la que traduce la realidad, esta no es sin más, sino que la miramos y la aprehendemos, en ese orden. La neutralidad es una falacia, la realidad siempre es objetiva en cuanto que me la apropio, para pasar en ese mismo momento a ser subjetiva. Me viene ese aforismo filosófico latino (atribuido a Tomás de Aquino) que podría ilustrar lo que quiero expresar: “quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur” (todo lo que se recibe, se recibe con la forma del recipiente). Cuando lo que está aconteciendo pasa por nuestra mirada, ésta ya inocula una carga genética interpretativa que nuestro cerebro cree a pie juntillas, acostumbrándonos a dialogar en el idioma que nos marcan nuestras pupilas (por eso dialogar en diferentes idiomas se vuelve tan complicado). Estoy convencido que si cambia la mirada, cambia la realidad, pero no se cumple la propiedad conmutativa. Es por eso que lo que hoy se intenta manipular es la mirada de la realidad y no tanto la realidad en sí misma, al contrario, la cosa en sí (postulado tan fenomenológico -pero no me voy a meter en ello-) no importa tanto cuanto la interpretación que se hace de la misma. Y es el cuidadoso trabajo de diseño de lo que he de mirar lo que preocupa realmente a los poderes de este mundo. Ya no son las ideas las que mueven ni conmueven, ni congregan, ni impulsan… es el diseño, el diseño de la mirada. El esfuerzo de muchos es poder diseñar las lentes con las que debemos mirar. Por eso, intento aportar esta mirada que, en muchas ocasiones, será algo disidente de las miradas convencionales. Y como tal, una manera más de mirar.
    
    En segundo lugar, ‘de un necio’, y no hay falsa humildad, sino humildad de la buena. Soy consciente que a lo largo de un día y una semana salen de mi boca muchas palabras, algunas ayudan, iluminan, sostienen, consuelan o enardecen, pero otras confunden, engañan y manipulan. Es esa posibilidad de ser al mismo tiempo piedra firme y fundamento y, a la vez, piedra de tropiezo, como el apóstol Pedro. A lo largo de estos escritos hago un esfuerzo por educar mis palabras, hacerlas brotar desde dentro para sanar y alimentar lo de afuera. Y en esa pretensión, unas veces hablo como un necio y otras, como un sabio. ¡Es tan sutil la frontera entre ambas! Y ni tan siquiera la buena acogida o el rechazo externo es criterio para diferenciarlas. Pero puestos a avisar prefiero indicar mi lado necio que, ciertamente, es más extenso que el sabio, pues sin duda no sé más que lo que sé.

    Y finalmente, ‘con canas’, es una aparente evidencia, pero en varios lugares de la biblia las canas son un signo de sabiduría. Para contrastar con la necedad.

    Así que queda advertido desde el principio. A quien se arriesgue, ¡bienvenido! Según me surja o vaya recopilando algunos escritos anteriores, iré publicándolos aquí, como un buen necio que gusta ‘de publicar lo que piensa’.
    Desde ahora, mi agradecimiento a los que gusten de mirar juntos esta realidad que nos rodea. Mirar con otros es una manera de vivir la amistad.

    Y gracias a aquellos que por su insistencia han posibilitado que esta primera entrada en este nuevo blog en el día de mi cumpleaños se haga realidad.