(En este sábado santo a Pilar, a Ana, a la madre de Angelito y tantas madres que han perdido un hijo en este tiempo)
Se necesitan segundos para llegar a percibir el sentimiento. Como un impulso eléctrico que transita veloz por la red pero que si se interrumpe la transmisión se corta de raíz, en una interrupción definitiva, así el sentimiento de una madre ante esta noticia. Cualquier otra noticia la sentimos de inmediato y todo nuestro cuerpo reacciona como ha aprendido a lo largo de nuestra existencia. Cuando te dicen que tu hijo ha muerto, el cuerpo permanece inerte un pequeño lapso de tiempo, el necesario para apercibirte que lo que ha muerto es parte de ti, y por eso no se puede sentir durante unos segundos. Lo muerto no siente por eso una madre lo primero que siente ante la noticia del fallecimiento de un hijo es nada. La nada más real, cruda e indefensa de la vida. Nada. Como el seno vaciado tras una interrupción del embarazo. Nada. La maternidad no está preparada para la muerte del hijo engendrado, dado a luz, criado y educado. Es una violenta y atroz involución del tiempo, de lo natural. Lo primero es la nada.
Tras ese instante lacerante donde no duele el dolor sino el vacío, comienza una cadena de sentimientos vagos, confusos y apelotonados que bloquean la capacidad de sentir por la acumulación de los mismos. Sinsentido, incredulidad, una perplejidad ennegrecida con rabia, estupor y dudas. Desfallecen las fuerzas de raíz, se difumina todo el escenario de la vida, ya no hay rostros conocidos, ni contrastes, todo se vuelve una miscelánea grisácea, te dejas llevar porque no hay rumbo ni orientación, las voces de alrededor son ecos sin palabra, la vista queda acuosa por las lágrimas y por el desamparo total. Todo es líquido, nada se mantiene en pie, firme. El tiempo languidece y pasa lento y rápido, da igual cómo pasa. No hay nada que hacer, ninguna obligación más allá de asumir algo inasumible. La muerte de un hijo no es compaginable con nada ni con nadie.
PERO, (esta es la gran aportación de la Resurrección, el ‘pero’), Cristo ha asumido la muerte para dar sentido, mantener en pie y dar solidez a nuestras pérdidas. La Resurrección de Jesús es la esperanza de una vida fraccionada que se unifica en la fe. La Resurrección nos hace ver el pasado con agradecimiento, recordar al hijo perdido como un tiempo ganado, compartido, disfrutado. Reconocer que la ausencia me hace más presente al otro y a mí misma; no está, pero está continuamente; no lo puedo abrazar, pero el deseo está intacto, ¡no! acrecentado. Comienzo a descubrir en mí la esencia de ser madre: eres mi hijo amado, ¡siempre!, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, estando presente o ausente. La maternidad marca para siempre y necesito redescubrirme como madre. Sigo siendo la mamá del hijo ausente y del que sigue a mi lado (por eso Jesús en la cruz le dio a Juan como hijo). La tristeza del hijo perdido es el recuerdo constante de una maternidad que va más allá de la presencia. El dolor no desaparece, pero lo acojo como parte de mi amor materno. El hijo perdido no regresa, pero vive en mi corazón de madre. La vida no es igual, pero sigue adelante, no se estanca ni se reduce al día de su pérdida. La lágrima da paso a los recuerdos, y estos son cachitos de presencia cierta y agradecida del ausente. La rabia se diluye en el empeño de seguir adelante, de mantener el pulso del corazón de esta familia infartada. El desánimo y la desgana se vencen con el deber de amarnos y cuidarnos los que quedamos.
A todas las madres que en este tiempo han perdido a su hijo, que la Resurrección de Cristo colme vuestro sufrimiento del bálsamo de la esperanza, el aliento del amor de Dios en vuestras vidas y la compañía cercana y amable de una Madre que sabe por experiencia lo que solo saben también ustedes: perder a un hijo.
Mi deseo de Pascua y de Pentecostés en cada una de vuestras vidas y vuestras familias.

Me ha gustado la entrada, Carles. Por los casos que conozco, la parte más difícil para una madre y un padre (no te olvides de ellos; algunos aman a sus hijos igual o más que las madres) es pasar a ese PERO. ¡Menos mal que ese paso no depende solo de nosotros! Muy bonita la dedicatoria final, a modo de plegaria. Un abrazo.
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