LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (7)
"La felicidad de creer"
Jn. 20, 19-31
"Al anochecer... con las puertas cerradas por miedo..." Esta es la situación en la que nos vivimos tantas veces y por las que tantas veces somos manipulados. Encerrarnos es la antesala de la falta de libertad, del miedo paralizante, de la postura defensiva y bochornosa de quien se avergüenza. Vivir encerrado y con miedo provoca tres heridas que necesitan tres curas:
1. La herida de la soledad. Da igual estar rodeado de personas en un espacio pequeño, la soledad no es un asunto de cantidad sino de vacío interior. Una persona vacía siempre se siente sola y provoca sobre los que lo rodean una sospecha: no sois suficientes para colmarme. Por eso la soledad, no como encuentro con uno mismo y aceptación de la condición humana, sino como querer llenar desde afuera lo que siento vacío adentro, es la gran herida del sinsentido. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.
2. La herida del conformismo. Vivir adaptándonos al mal que no queremos pero que acabamos asumiendo como irremediable. Es claudicar ante el mal, el pecado, la injusticia, la violencia... Nada se puede hacer, nada va a cambiar, esto es imposible. Es la constatación de mi límite no como posibilidad sino como barrera: como yo no puedo, no es posible. Cuando lo posible no depende de lo que puedo o quiero sino de lo que creo. El conformismo acaba en una parálisis personal, en una esclerosis social y en una fe mundana y rastrera. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.
3. La herida de la indiferencia. Encerrarse sobre uno mismo, aislarse y protegerse de las amenazas externas (que acaba siendo cualquiera), es fruto de no creer en nada. Y no hablo de ateísmo, pues estos creen que no creen y hacen toda una búsqueda interior para sostenerse ahí. La increencia más salvaje y demoledora para el ser humano no es perder la fe en Dios sino olvidar y relegar nuestra dimensión trascendente y espiritual. Es como amputarnos un miembro y vivir constantemente con la sensación del 'miembro fantasma'. Vivo como si tuviera algo que no tengo e intento suplirlo con cualquier cosa. Por eso la indiferencia es tan dañina, porque nos roba una parte de nosotros. Y necesitamos una cura: 'Paz a vosotros'.
¿Por qué la Paz que trae Jesús es sanación de estas tres heridas?
- La primera 'Paz' que desea Jesús va seguida de mostrar sus manos y el costado. En ese momento reconocen que Jesús ha resucitado y brota la alegría. Sentir que Jesús es el Señor de la vida es romper los dictados de la soledad porque esta es una muerte prematura, un anticipo. Pero si Jesús ha resucitado mi soledad solo es pasajera, es el recordatorio de que soy mortal pero con vocación de vida eterna. Esta Paz de Jesús acompaña nuestra soledad a lo largo de nuestra vida.
- La segunda 'Paz' de Jesús trae consigo la misión: 'Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La misión es el antídoto del conformismo, de la instalación en la mediocridad. El envío de Jesús es a dar vida, a perdonar los pecados, a sanar. ¡Hay tanto que sanar en nuestras sociedades, en nuestros contextos, en nuestras propias familias! La misión nos descentra y nos llena de vida. Cada momento donado es un caudal de vida que brota en nosotros y en nuestros ambientes. La misión del Resucitado es darnos la certeza de que 'nada hay imposible para Dios', o lo que es lo mismo, que toda persona, momento o situación esconde el germen de la vida Dios esperando brotar si las condiciones son apropiadas.
- La tercera 'Paz' que trae Jesús invita a Tomás a colocar el dedo y la mano de la increencia en las llagas de la fe. Y ahí todo queda sanado. Sus heridas nos han curado. Por eso la cruz es signo de salvación y vida; por eso la cruz es el signo del cristiano; por eso la cruz no mata sino que redime; por eso son felices los que creen sin haber visto, los que se anticipan en el amor sin la certeza de lo evidente. La resurrección es una evidencia de la fe por eso los que creen, viven felices, bienaventurados.
No hay vida humana que no tenga remedio en el amor de Dios mostrado en la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo. Por oscura que sea la noche; por lo cerrados que estemos a la vida; por intenso que sea el miedo... la Paz que nos regala el Resucitado nos libera de todo hasta el punto de poder expresar desde lo más profundo de nuestra existencia: 'Señor mío y Dios mío'.
Y aquí nos quedamos en esta Octava que he querido compartir con ustedes. Ahora a vivir estos 42 días de Pascua que nos quedan. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Y recuerden que, mañana, más y mejor.

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