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viernes, 22 de abril de 2022

     LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (5)

"La mesa que recrea y enamora"

    Jn. 21, 1-14

    "Junto al lago de Tiberíades". Allí fue el primer encuentro, el flechazo entre Jesús y aquellos cuatro hermanos. Hoy regresan al mismo lugar tras la aventura fracasada con aquel Mesías de cartón-piedra cuyas cenizas todavía humean. Regresan a lo fácil, a lo conocido, a lo que asegura y afianza en tiempos recios. Regresan decepcionados pero ya no son los mismos. Quieren restablecer su rutina pero un 'no sé qué' ya no los hace fecundos, ya no les llena lo que antes les colmaba. Son hombres heridos por una inquietante nostalgia. Hay experiencias que una vez vividas nos dejan para siempre la herida de la necesidad insatisfecha: ya nada vuelve a ser como era; ya nada suscita la vida intensa de haber estado con Jesús.

    "Me voy a pescar". "Vamos también nosotros contigo". Ahora se le llama a esto 'la zona de confort' (¡qué poco me gusta esa expresión!). Pero más allá de designaciones más o menos felices, lo cierto es que cuando surgen los problemas y la contrariedad ante un proyecto la tendencia es asegurarnos, meternos dentro del caparazón y regresar a la rutina controlada. El riesgo y la aventura se desdibujan ante el apremiante dolor del fracaso vivido. Pero no siempre lo seguro genera vida. Muy al contrario, las rutas conocidas y transitadas siempre llevan a los mismos lugares. Lo que no ha llenado tu vida hasta ahora, no lo llenará en el futuro. Insistir en la complacencia es el mejor modo de anestesiar la vida. El anhelo de paz viene disfrazado de mera satisfacción superficial. Por eso, 'aquella noche no cogieron nada'. 

    Curiosamente, la única manera de vencer esa inercia embrutecedora que somete la vida a una rutina complaciente es pensar en otros, vivir para otros, servir a otros. Cuando uno se siente vacío y sigue buscando en sí mismo, solo encuentra lo que hay: vacío. Es necesario salir de ese narcisismo sibilino para escuchar y considerar las propuestas de otros aunque no sean coherentes con nuestro pensar: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Pues la respuesta a muchas de nuestras preguntas están más cerca de lo que pensamos, a la derecha de nuestra vida. ¡Tantas veces hemos percibido y comprobado lo que realmente nos da vida y nos suscita alegría profunda! Ahí está el Resucitado, solo reconocible desde la experiencia del amor gratuito y la donación de uno mismo. Jesús no da discursos, no pide que le justifiquemos nuestras negaciones o traiciones, no se desquita del abandono sufrido por sus amigos... Jesús invita a almorzar porque solo en la mesa compartida todos nos reconocemos como hermanos. Invitemos a nuestra mesa a nuestros enemigos, a aquellos que nos contradicen, que nos roban la vida. Invitemos a almorzar a cuantos nos critican o nos difaman. Invitemos a almorzar sin buscar nada a cambio y Jesús Resucitado aparecerá en nuestra mesa porque Él es el único alimento que sacia.



Y mañana, más y mejor.

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