BIBERÓN SOCIAL (1)
Vivir en un país considerado como ‘tercer mundo’ te descubre la falacia de los
indicadores que se manejan para determinar estas clasificaciones. Imagino que
tiene que ver con aspectos económicos y de lo que entienden como ‘desarrollo’
(esto es, el desarrollo de aquellas realidades que se creen se debe
desarrollar). Pero estas categorizaciones son, a mi parecer, anacrónicas,
insuficientes y claramente tendenciosas. Entre otros ejemplos, voy a poner el
que amplío a continuación.
Estoy seguro que hoy casi nadie niega (aunque no
todos lo vivan así) que la sobreprotección de los hijos genera personas
frágiles, inseguras, emocionalmente inestables con mucha dificultad para
afrontar y asimilar la frustración y el fracaso y con una negación innata a
valorar las cosas y a las mismas personas. En el fondo, sobreproteger a los
hijos es la mejor manera de maleducarlos. Queriendo y buscando el bien de los
hijos se les hace un daño muchas veces irreparable.
Pues esta situación, la
podemos aplicar a los grupos humanos y a lo que se ha venido llamando ‘la
sociedad del bienestar’, donde los estados aseguran y velan por complacer a la
ciudadanía en sus necesidades (básicas o no) y donde el ciudadano deja de serlo
para convertirse en un cliente de pago: quien paga, manda. No nos preocupa tanto
la trazabilidad de lo recibido, cuanto recibirlo. Esto hace que sea el gobierno
de turno el que acaba considerando y ‘decretando’ lo que nos hace falta, cómo
nos hace falta y en qué momento. El ciudadano solo debe entreabrir los labios y
dejar que la tetina (mamina o pezón) del biberón gubernamental sacie con las
sucesivas succiones nuestras necesidades. Y si tenemos hambre, lloramos,
berreamos y exigimos, como solo saben hacer los bebés, nuestra dosis láctea
hasta saciarnos. Es así que cada vez más los únicos reclamos sociales que se ven
por las redes sociales y que tibiamente, y cada vez menos, se muestran en las
calles y plazas, hacen alusión a lo que el Estado tiene derecho en darnos y no
recibimos: asistencia sanitaria de cualquier tipo y en cualquier momento (sea un
picazón reiterado en el lugar de la espalda donde no puedo rascarme o una fiebre
de décimas); la limpieza total de cuantos espacios habito (calles, colegios,
instituciones, mercados, club de alterne o campos deportivos…); la seguridad de
mi espacio vital, casa, edifico, urbanización, o de los lugares por los que
transito; la ‘limpieza’ incómoda para mi existencia, de la presencia de
transeúntes, pedigüeños, inmigrantes, borrachos pobres (porque los ricos no
vomitan garrofón y molestan menos)…; el cambio de sexo, de madre, de vecino, de
maestro exigente o del recogedor de basura que siempre deja caer la tapa del
contenedor a las 2:38 am mientras duermo. Yo soy un cliente que paga y debo
exigir mis derechos sociales. Todos.
En este país ‘en vías de desarrollo’ en el
que vivo, realmente somos muy primitivos y rudos socialmente. Debemos estar muy
atrasados, pero cuando uno necesita realmente asistencia sanitaria, madruga a
las 4 de mañana para coger número, porque la situación lo amerita. La limpieza
en los colegios públicos de las aulas la hacen los mismos estudiantes y
semanalmente cada familia por turno. La seguridad del barrio reúne a los vecinos
para comprar un sistema de cámaras y establecer las brigadas de seguridad y
vigilancia. Cuando no hay qué comer porque no hay trabajo, se organizan para
tener ‘ollas comunitarias’, de manera que mientras unos se buscan la vida, otros
aseguran la comida del día. Los espacios compartidos son cuidados y trabajados
en lo que se llama ‘faenas comunitarias’, tales como arreglar las zonas verdes,
pintar las paredes, allanar un risco o plantar árboles. Y cuando tienen un
capricho como montarse una fiesta, ponerse tetas o celebrar el día que su madre
les parió, se lo paga cada uno. Yo diría que se trata de una ciudadanía
proactiva, responsable, solidaria. Mientras en el ‘primer mundo’, se piden y
exigen ayudas estatales para que me quiten la nieve acumulada a la puerta de mi
casa, pinten el bordillo de mi acera para no tropezar y se hacen colas para
recibir el sustento al que tengo derecho por existir (y que esté bien cocinado y
caliente y con el libro de reclamaciones a mano por si han salido duros los
garbanzos), los otros, ‘los tercermundistas`, se movilizan y lo hacen. Y esto,
tarde o temprano, generará dos tipos de mundos, los resilientes y sólidos ante
las amenazas sociales y los sobreprotegidos endebles e inseguros. Y tenemos
ejemplos.
Hace unos meses, viendo a tantos venezolanos (la mayoría titulados)
inactivos por Perú, me confesaban otros venezolanos que son un pueblo que no
está acostumbrado a trabajar, a luchar por sus derechos y necesidades (en mi
dialecto ‘sacarse las castañas del fuego’) sino a recibir, acostumbrados a que
el Estado-matrona nos lo dé todo, enchufe la tetina y nos deje succionar hasta
el hastío. Esto ha extirpado de muchos venezolanos la creatividad, el esfuerzo,
y los ha ido debilitando tanto, que muchos siguen prefiriendo chupar la teta
exhausta de su país a enfrentarse a la situación que viven.
Viviéndome en España
y en Perú, siento que el problema de muchas sociedades no es la defensa de sus
derechos (cuya conculcación siempre espolea el ánimo y suscita la resistencia y
la lucha), sino defender nuestras obligaciones. Como infantes malcriados
(engreídos) y sobreprotegidos, nos han ido despojando de lo que nos hace
verdaderamente humanos que es nuestra capacidad de hacer, crear y de activar
nuestra responsabilidad. Un hombre sin derechos tiene un motivo para seguir
adelante, encuentra sentido a su falta de libertad y lo espolea para
conseguirla, pero un hombre sin obligaciones es un ser inerte, un vegetal… El
día que un Estado nos robe nuestras obligaciones personales, familiares y
ciudadanas (enmascarado de un paternalismo subyugante en pro del bienestar
social), nos habrá quitado la fuente de nuestra libertad, el nervio para vivir y
nos habrá convertido en meros títeres y marionetas a merced de otras manos que
mueven nuestros hilos vitales a su conveniencia. Sin dejar de luchar y
reivindicar los derechos de todo ciudadano (alimentación, vivienda, sanidad,
educación, trabajo…), nuestra batalla más seria nos la jugamos en la defensa de
nuestras obligaciones, y de esto, algo nos puede enseñar ‘el tercer mundo’.
Analicemos si no, la pandemia actual (Continuará)

Estamos demasiado mimados, consentidos, nadie tiene obligaciones, solo derechos. Así nos va.
ResponderEliminarMuy bueno, Carles. Me ha gustado mucho el final: “Nuestra batalla más seria nos la jugamos en la defensa de nuestras obligaciones”. Me ha dado qué pensar, especialmente en el contexto de la pandemia. ¡Gracias!
ResponderEliminarMaría tú siempre te quedas con algo, tienes una manera de leer que ya me gustaría poder enseñarla en la escuela.
EliminarDe eso se trata María, de poder pensar un poco dónde estamos y qué estamos sembrando... Un abrazo.
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