Lo de Calasanz no fue un error, y 404 años después podemos decir que aquella locura que logró contagiar a 14 hombres más sigue creciendo como los cauces de los ríos en primavera.
¿Quién no se ha encontrado en algún momento de su vida cibernética con un pantallazo con el 404? “No encontrado” en el idioma de Shakespeare, como icono de una búsqueda infructuosa, de un ‘error’ frustrante que no responde a las acometidas digitales que presionan reiteradamente sobre el icono de refrescar la página buscada: ‘404 not found’, dicta sentencia, de nuevo, la pantallita. Y frustrados, quizá con algún reclamo al pariente o al amigo informático de urgencias, se nos devuelve el veredicto: ‘da error’. Solo en algunos casos, se abre una puerta a la esperanza con un lacónico “vuelva a intentarlo más tarde” para lo mismo, decir a continuación. Y lo dejamos. Abandonamos. ‘No hay nada que hacer’.
Calasanz continuó pulsando, incansable e infatigablemente, gritando con su vida y sus Escuelas Pías, todavía no reconocidas, que los niños estaban en las calles, esos niños ‘not found’ para el mundo, esos ‘errores’ considerados por tantos, antaño y ahora, descubriendo en ellos la página de vida que, no pudiendo abrirse, se intuía en sus miradas y latidos. Calasanz continuó su búsqueda y su locura, creyendo que la educación popular salvaría al mundo, que el acceso a la verdad y a Dios sería el arma no violenta con más futuro. Mientras muchos lo consideraron desatinado y otros tantos, inoportuno, 14 compañeros se dejaron contagiar por su mirada profética y su locura evangélica. Y un 25 de marzo de 1617 decidieron junto al viejo José de la Buena escuela, sumar demencia para alcanzar cordura. Primero el mentor, y tras él, uno tras otro, fueron vistiendo la primera sotana escolapia y emitiendo los votos que los consagraban a Dios en vida al servicio de la educación de los niños pobres.
Hoy 404 años después, sigue habiendo personas, varones y mujeres, religiosos y laicos, europeos y asiáticos, africanos y americanos que se revisten de este carisma para poder atender a miles de niños y jóvenes que a los ojos del mundo siguen ‘not found’, pero que en el seno de esta familia siempre son bienvenidos, acogidos y cuidados. Y mientras existan, seguiremos pulsando incansablemente el botón de refrescar la página de la injusticia, la violencia y la discriminación en la vida de estos niños y jóvenes.
Remedando a otro loco, manchego de nacimiento, y recordando a los escolapios de las fundaciones antiguas y de las nuevas:
“Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo estuve loco, y ya estoy cuerdo: fui José de la Buena escuela y soy ahora, como he dicho, José de Calasanz, escolapio.”
Y valga el mismo epitafio para nuestro fundador centenario con dos glosas permitidas:
“Yace aquí el Maestro fuerte
Que a tanto llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
de la Iglesia y el mundo,
en tal coyuntura
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.”

404 no, pero 14 años más tarde, tras terminar mi etapa escolar en los Escolapios de Santander, puedo decir que aún sigo llevando algo de escolapio, aún "cargo" con ese carisma en mi día a día: soy psicólogo y trabajo con familias en riesgo de exclusión, inmigrantes en solicitud de protección internacional y mujeres víctimas de trata... Hace tiempo que abandoné a mi comunidad escolapia y los caminos del Señor me han llevado de la mano de otros hermanos, en este caso con S. Vicente de Paúl, y agradezco enormemente volver a sentir que "las campanas repican vibrantes".
ResponderEliminarUn fuerte abrazo y feliz Cuaresma.
Hay realidades humanas que se adhieren a la piel del corazón como un tatuaje furtivo, operan discretamente y salan gran parte de nuestras acciones y decisiones. Gracias por dejarte afectar por este carisma que ha rayado un trocito de tu corazón. Y mi saludo agradecido a unos religiosos a los que estimo mucho, los paules. Con el Señor Vicente, estás en buenas manos.
EliminarMuy bueno, Carles. Me ha sorprendido la asociación de ideas del artículo. El fondo, precioso. Has conseguido que mi imaginación configure una imagen insólita: Calasanz delante de un ordenador apretando teclas. ¡Como nosotros ahora! Ojalá no nos cansemos nunca de apretarlas, especialmente cuando se nos presenta un “error”. Un abrazo y ánimo.
ResponderEliminarEs lo lo genial de las palabras, que generan tantas certezas como dudas, tantas imágenes nítidas como sombras. ¡Ni siquiera yo me había imaginado a Calasanz pulsando las teclas de un ordenador ni aun habiéndolo escrito!
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