LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (2)
Un corazón a jirones, reconstruido
Jn. 20, 11-18
Tocar fondo es hacer pie. Como canta Serrat: "Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante solo cabe ir mejorando." Y en el evangelio de hoy nos encontramos con una mujer que tocó fondo. Otra mujer. ¿Cómo nos cuesta tanto en la Iglesia reconocer, valorar y dignificar a la mujer en nuestras estructuras (en todas)? Jesús Resucitado cuenta con las mujeres para desencadenar la revolución personal y social que supone la experiencia de la Resurrección. Y se me ocurre pensar que mientras en nuestras sociedades no devolvamos a las mujeres ese reconocimiento y dignidad no serán sociedades con capacidad de transformarse para la vida. (Y no estoy utilizando un discurso feminista, solamente humanista).
Una mujer, la Magdalena, tradicionalmente emparejada con la pecadora, quizá la 'flagrante' adúltera. Una mujer sin rumbo, sin suelo, sin compañía, deshabitada de todo respeto humano, moralmente periférica. Una mujer con un deseo profundo de vivir ahogado por la animalidad varonil, por la mirada afilada y lapidaria de las otras mujeres. Una mujer con un corazón de trapo hecho jirones. Pero para ella la resurrección ya se ha dado. Quizá por eso es a la primera que se le aparece Jesús, porque ya vivía resucitada desde aquel día que se sintió acogida, deseada y amada como ser humano. Aquel día que experimentó cómo Jesús zurcía su corazón maltrecho con la seda de la misericordia y el perdón. Si resucitar es volver a la vida, María ya se había estrenado. Pero confunde su amor con el amor. Y busca confundida a quien ya no se encuentra. Se aferra a un muerto que ya no existe. Llora, se lamenta, indaga. Proyecta el dolor de la ausencia y no reconoce la nueva presencia. Ve lo que proyecta, por eso no ve la realidad: 'no sabía que era Jesús'. La vida no regresa hasta que no se suelta al difunto. Ella busca un muerto y solo ve vivos. Hasta que Él pronuncia su nombre. Como la adolescente que escucha por primera vez decir su nombre en labios del hombre amado. Se sobrecoge, y en ese instante, desaprehende al difunto y surge el viviente, el amante. Y como la joven del Cantar, una vez hallado el amor de su vida, no lo deja jamás. Pero el amor no tiene asideros, se escurre entre los dedos del deseo y la posesión. El amor no se tiene no se posee, se vive, se contempla, se gusta, se acompaña... La única manera de hacerlo perdurable es compartirlo, comunicarlo, narrarlo: "Anda, ve a mis hermanos y diles..."
Hoy, para nosotros, María Magdalena es el icono de la esperanza. La prueba tangible de la capacidad sanadora de la misericordia. El esbozo de un cuadro hermoso
donde todos tenemos un lugar. La Magdalena acompaña los llantos silenciados de tantas niñas abusadas; la rabia contenida e impotente de tantas esposas maltratadas; la desazón y la pesadumbre de tantas mujeres discriminadas en el mundo laboral; el deseo profundo de las mujeres que tan solo piden ser tratadas con ternura y cariño; la resiliencia de tantas madres que mantienen hijos, padres y hogares... Hoy María llora nuestros difuntos pero nos anima a escuchar nuestros nombres en labios del Resucitado y, abandonando lo que queda atrás, lanzarnos a lo que está por venir. Ella sabe lo que es tener una historia que lastra, pero también sabe que en Jesús, no hay herida sin cura ni culpa sin perdón. Por eso nos dice a cada uno: "He visto al Señor y ha dicho esto".

La empatía es una habilidad que debemos usar muy frecuentemente las mujeres, con nuestras congéneres, así seriamos humanas, no criticar sin conocer o sin informarse, no repetir los chistes de "la magdalena". Volvamos a nacer.
ResponderEliminarGracias padre pon bello mensaje.
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