LA OCTAVA DE PASCUA: Una luz para vivirnos hoy (4)
El ejercicio saludable de contarnos la vida
Lc. 24, 35-48
"Contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido..." Contarnos la vida. ¿Cuánto tiempo hace que no te reúnes en torno a un fuego, una mesa o echado en el campo a narrar cómo estás viviendo? Lo necesario para bien vivir lo hemos convertido en artículo de lujo: la conversación gratuita y sin prisa con un amigo; la cena compartida sin nada especial que celebrar; el juego y las risas en torno a un tablero, unos naipes o unos dados; la lectura silenciosa compartida con mi pareja; el paseo entre semana por un parque de la ciudad que habitamos; dejarte solear en una terracita de un bar compartiendo charla, papas, aceitunas y cervecita... Y poder contar lo que nos ha pasado por el camino de nuestra vida. Porque narrar algo es vivirlo más intensamente, incluso, en muchas ocasiones se disfruta más la narración que el hecho referido ya vivido. Esto les pasa a los de Emaús. Compartiendo lo caminado con Jesús brota en ellos una alegría y un gozo más profundo, más intenso y contagioso.
Pero los apóstoles (como nosotros) a lo suyo. Encadenados a sus pensamientos negativos, a su congoja y frustración. La palabra compartida del encuentro con el Resucitado no es capaz de limpiar el vaho que emborrona la realidad vivida y constatada por ellos: 'está muerto y eso es lo que hemos visto'. Por eso la palabra debe hacerse carne nuevamente. También la Palabra. Pero es tanta la turbación, la violencia interior de una desilusión grabada a fuego, que la presencia se hace insoslayable, necesaria: "Paz a vosotros". Unas palabras que son sentencia de vida. Que son la reanimación primera exigida para devolver la vida a quien ha dejado de respirar. "Paz a vosotros" se convierte en el 'boca a boca' que insufla vida desde el exterior al cuerpo que ya no puede inhalar por sí mismo. Es el masaje cardíaco que reactiva el pulso y la vida. Y 'aterrorizados', como la misma mirada del reanimado que ha gustado durante instantes el sabor amargo de la muerte, no reconocen personas, despiertan a un escenario de fantasmas.
Ante la incredulidad propia de una fe desencarnada (creer en el vacío, en ideas, en una moral, en el cumplimiento de unas normas y ritos...) Jesús nos muestra sus llagas, sus cicatrices, porque ellas son el testimonio más evidente de que hemos vivido. En una sociedad que esconde la historia, el pasado, las arrugas, las cicatrices, Jesús las muestra como la condición para creer en Él. Sin historia acogida no hay experiencia de resurrección. Sin pasado integrado y agradecido no hay experiencia de resurrección. Sin las arrugas como evidencia del paso de tiempo y del desgaste de la entrega no hay experiencia de resurrección. Y sin las heridas y las cicatrices mostradas con la dignidad del rehabilitado no hay experiencia de resurrección. Porque nuestra fe es el encuentro con una persona, con un cuerpo amado y deseado, con un acontecimiento que habla de cercanía, de pan compartido, de historia vivida, de narraciones vitales entrelazadas.
Contarnos la vida y poder concluir: "Era necesario que se cumpliera todo lo escrito..." La vida de cada uno es la masa en la que se cuece la experiencia de la resurrección. Aquel acontecimiento, aquella persona, aquellos momentos... estaba escrito. Girar la cabeza y contemplar nuestra vida como el terreno donde ha brotado la vida junto a piedras, maleza y tierra endurecida. Poder hacer esa lectura de nuestra vida y contarla a otros es el indicador de que 'se nos abrió el entendimiento para comprender las Escrituras'. Uno comprende las Escrituras cuando comprende su propia vida. Y fruto de esa comprensión brota la experiencia de la práctica evangelizadora más potente y eficaz: "Vosotros seréis mis testigos".
Y mañana, más y mejor.

Hola, es de tarde y hace mucho frío. La historia contada de la vida de Jesús en la liturgia, siempre me parece nueva, capta mi atención y es diferente en cada voz y entonación, que cada padre le pone en la misa, es bueno y tranquilizador. Así busco cada día escuchar partes de su historia, aún salteadas, nos imaginamos cómo fue en esa época y cómo es ahora, me tranquiliza, me sosiega y a eso le doy gracias. Gracias por compartir padre.
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